La jaula de oro | Lectura terapéutica

 Art. Lenika86

Art. Lenika86

Te invito a que te tomes esta lectura con calma, de hagas un té o un café, y encuentres los mensajes y significados que puede tener este cuento para ti. Lee despacio, mindful. Una lectura terapéutica es aquella que te lleva a reflexiones y a crecer desde el espacio de la lectura y la meditación.

Érase una vez, una niña que vivía en una jaula de oro...

Dentro de esa jaula, la niña, tenía todo lo necesario para vivir, incluso más, ella experimentaba felicidad. Desde adentro podía ver el exterior pero le daba miedo, parecía oscuro, incierto. Ella aprendió a vivir allí adentro e hizo como si el mundo fuera ese.

La niña hizo todo un mundo dentro de esa jaula, a veces pareciera que el mundo exterior no tenía nada qué envidiarle al mundo de la jaula.  Creó un espacio seguro para ella y para quienes desearan meterse en la jaula con ella. 

Un buen día, una mariposa del mundo exterior merodeaba la jaula. Era colorida, hermosa, jamás nadie pensaría que en su pasado habría sido un simple gusano atrapado en un cuerpo sin alas.

La niña la miraba con miedo a embelesarse, la última vez que algo bello del exterior se mostró, salió detrás de ese ser de belleza deslumbrante y terminó perdida y sufriendo en el mundo de afuera. 

Fue esa la única vez que utilizó la llave para salir y esa misma vez, también, la que la llevó, incluso a olvidar que la llave existía. Esa puerta permanecía y permanecería cerrada siempre, así que igual no necesitaba la llave. 

La mariposa parecía llamar a la niña pero ella volteaba la mirada y no se dejaba hipnotizar. Fue tanta la insistencia de la mariposa que la niña se acercó a las rejas y con sus manitas en los barrotes, la contemplaba en su vuelo tentador, pero la niña se negaba a que nuevamente la belleza del exterior la engañara y batía su cabeza en negación. 

Así pasaron lunas y soles, mañanas lluviosas, vientos y nubes, pero la mariposa seguía ahí insistiendo a la niña a que visitara el mundo del otro lado de la jaula. 

La niña se comenzó a tener pensamientos que la hacían esconderse en la mitad de la jaula en donde todo carece de perspectiva con respecto al mundo que tanto miedo le daba, pero todo eso que antes hacía sentido, ahora comenzaba a perderlo. 

Por más que la niña se quisiera convencer de que el mundo de afuera era peligroso, incierto e inseguro, aparecía en su mente la mariposa y sus colores, sus movimientos gráciles y todo su mundo se comenzaba a desvanecer. 

Así comenzó a pasar lo más confuso, el mundo de adentro de la jaula comenzó a perder brillo, de forma inevitable se hacía pálido y después ¡puff! desaparecía. La niña entró en enojo, ¿cómo era posible que el mundo que con tanto trabajo construyó durante lo que llevaba de su vida, ahora se desvaneciera así, cuando ella más necesitaba aprehenderse a él?

Una mañana que la niña abrió los ojos, el sol entraba de manera diferente a la jaula y esto era porque el mundo de adentro ya no existía. Ahora solo estaba la niña entre barrotes, en el centro de la jaula, mirando con claridad el mundo de afuera. A lo lejos estaba su fiel amiga la Mariposa. 

La niña, decepcionada del mundo de la jaula, enganchó la mirada en la colorida mariposa y caminó hasta la puerta decidida a salir pero al llegar se dio cuenta de que no tenía la llave, se había desaparecido con todo y el mundo que ahí había. 

Por más que la mariposa revoloteara, la niña no tenía como salir de ahí, de ese mundo ahora vacío y desolado, no había árboles azules ni arroyos morados, ni duendes, ni libélulas con polvos mágicos. Ahora solo estaba ella, ella en su jaula de oro brillante y segura de la cual no podía salir.

El sol del mundo exterior brillaba y la niña se acostó boca arriba a ver el cielo y las formas de las nubes, eran formas que antes no existían en su mundo de la jaula. Miró a su alrededor y se bebió los diferentes verdes de las hojas de los árboles... quizá, si pudiera volver a crear un mundo, le pondría también esos verdes a las hojas de los árboles.  Pero por más que la niña intentara crear algo adentro de la jaula, nada podía. 

Un día se sentó todo el día a mirar a un punto específico para crear una flor, una simple flor. Y no pasó nada. La niña se hipnotizaba con la forma de hacer arte de la Madre Naturaleza y se frustraba con su falta de creatividad.

Una mañana, la mariposa se paró a contraluz del sol que salía y cambiaba de tonalidades todo lo que tocaba. Los rayos del nuevo sol brillaron a través de las alas de la mariposa y llegaron hasta el pecho y corazón de la niña.

La niña experimentó un calorcito suave, rico y tierno, se dejó calentar el corazón por los rayos de papá sol. Y fue cuando se permitió recibir el amor del mundo exterior que sintió que algo la quemaba en su pecho, se llevó las manos a su corazón y tocó la llave caliente que siempre había colgado en su cuello. 

La mariposa bailaba de alegría y la niña brincaba de emoción mientras se acercaba a la puerta. Dio una última mirada a ese mundo vacío que en el centro le comenzaba a crecer una flor, la niña sonrió y metió la llave en la puerta. Fue ahí cuando se dio cuenta que la puerta siempre estuvo abierta, ella misma había olvidado echar llave la última vez que regresó despavorida del exterior. 

La mariposa y la niña fueron a conocer ríos y bosques y el cielo de diferentes parajes. La niña llenó su mente de todos estos lugares, tanto que pensaba que ahora podría crear otro mundo, incluso más bello con tanta inspiración. 

Un buen día, la niña decidió visitar la jaula. La flor ahora era un racimo de flores y la niña tuvo ganas de entrar a oler su aroma, se preguntaba cómo sería ahora que había olido tantos aromas diferentes. La niña tuvo emoción y miedo por entrar, pero la mariposa la ayudó y entró para mostrarle que no era peligroso.

Desde afuera, la niña empezó a crear de nuevo ese mundo al interior de la jaula con barrotes de oro. Extrañaba ese lugar pero no quería dejar el exterior tampoco. Le daba miedo quedar otra vez atrapada ahí como pasó antes. 

La mariposa comenzó a volar de adentro hacia afuera, hacia arriba y hacia abajo, hacia centro y de nuevo afuera de la jaula. 

Fue así como la niña entendió que no tenía que escoger entre los dos mundos porque ambos los podía tener. 

Podía vivir en el mundo exterior pero volver a la jaula a crear su propio mundo, a jugar con su imaginación y a ser ella en todo su esplendor, cada que ella quisiera. 

Solo que ahora, la puerta siempre permanecía abierta.

Anna Bolena ∞ AlasdeOrquidea