Desapego tormentoso

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La semana pasada hubo una alerta de Tormenta tropical en la Florida. Erika venía rumbo a nosotros prometiendo agua en abundancia y vientos hasta de 60 millas por hora.

No sé si lo sepan pero uno de mis hobbies más preciados es hacer jardines de hadas.

Cuando era una niña de apenas 7 años mentía a mis padres diciendo que tenía que llevar maquetas de tarea al colegio. Mi nana y yo salíamos a una tienda a comprar musgo, animalitos de granja, personitas diminutas, casas de campo, arbolitos y demás miniaturas para armar mi supuesta tarea del colegio.

Se me olvidaba pensar que semejantes maquetones entrarían conmigo por la puerta causando que mis compañeritas me miraran con cara de "y ahora a esta loca qué mosco le picó". Igual nunca fui de los agrados de las niñas del colegio que me vio crecer hasta secundaria, así que tampoco era que me importara mucho; caminaba hasta el bote de basura más cercano y depositaba allí lo que con tanto trabajo habíamos creado.

Ahora que lo escribo caigo en cuenta de que desde pequeña trabajé el desapego. Como los monjes tibetanos que dibujan mandalas hermosos en arena y luego los borran para volver a comenzar, hacer maquetas era mi meditación favorita desde que me acuerdo.

No crecí para cambiar mucho que digamos. La fuente me bendijo con un jardín mágico en donde cohabitan mis seres de luz, y qué mejor lugar para hacerles su casa en este plano terrenal.

Comencé hace más de dos años. Decoraba mis macetas con cositas para las hadas. Las invitaba a vivir allí y poco a poco alimentaba sus casitas. Pero fue hasta hace poco más de un año que me mudé a la casa de mis sueños que encontré el espacio perfecto: un círculo hecho naturalmente por palmeras que serían el predio de mis seres de luz.

Casitas, ventanitas, puentes, techos con musgo, columpios colgando de árboles diminutos, tendederos de alitas, señalizaciones hacia los establos de los unicornios, un pozo natural, lucecitas y sombras de hadas bailando eran, hasta hace pocos días, una de las atracciones favoritas de los niños que visitaban mi casa.

Entonces Erika anunció su llegada y con ello la obligación de quitar de áreas abiertas todos los objetos que se pudieran volver proyectiles o que no quisiera perder a manos de los fuertes vientos. Lo primero que me dolió en el corazón fue Hadaville.

Así se llama la villa de mis hadas que fueron evacuadas al interior de mi casa con todos sus tiliches.

Fue el viernes pasado que me paré frente a Hadaville y no pude evitar que se me salieran las lágrimas de tener que deshacer lo que con tanto amor había construido durante un año.

Entonces la reflexión me golpeó la cabeza. Recordé aquellos monjes tibetanos que dibujan en arena mandalas espectaculares y luego, como disciplina al desapego, los destruyen y vuelven a empezar.

Una voz que vino muy profundo de mi ser me dijo "vas a tener la oportunidad de volver a empezar". Y así, con lágrimas en mis ojos y pidiendo a mis hadas que se mudaran adentro de la casa mientras la temporada de huracanes y tormentas pasaba, entendí que es posible que cada año tenga que recoger Hadaville y volverla a hacer.

Recordé los domingos divertidos haciendo los puentes, pintando las puertas, colgando las luces. Ingeniándome qué palos y hojas o musgo recogería en mi jardín y en la calle para embellecer la Villa de mis Hadas.

Saqué una caja de madera y comencé a recorrer mis pasos. Descolgué con amor cada puerta, cada ventana, los nidos de los pájaros invisibles que viven con las hadas, los arbolitos con columpios. Entonces fue cuando mi tristeza comenzó poco a poco a cambiar a felicidad.

Aquella voz que me dijo que volvería a tener la alegría de empezar, cobraba más y más sentido. Mi apego entristecido mutó y aproveché el tiempo para conectar con mis seres de luz y darles las gracias por permitirme crecer mientras juego como si fuera una niña pequeña.

Encontré la luz en la actividad de destruir mi creación, supe que podría restaurar el puente que ya había sufrido la erosión de las lluvias, repintaría las puertas de colores que se comenzaban a ver desteñidas y hasta podría darle una nueva designación a las puertas y las ventanas.

Ahora no veo la hora que pase la temporada de huracanes y pueda volver a dedicar mis domingos a reconstruir mi tan sagrado Hadaville.

Me dio gusto compartir y sanar.

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