Entonces me subí al metro

El viernes pasado, decidí ir en metro, con un amigo, a ver los altares del centro. No contábamos con que era viernes, quincena y fin de semana de muertos, entonces caminamos hasta la glorieta de insurgentes con víveres para nuestra travesía: cigarros, agua y sobre todo la cámara fotográfica. Al llegar nos dimos cuenta que tendríamos que esperar un poco para que se desalojara, entonces decidimos recostarnos en una columna y observar lo que sucedía.Es increíble ver en la montonera que vivimos y no sólo eso, que aceptamos. La gente subía y bajaba del metro con mala cara, el sólo pensar en abordar uno de esos vagones en el que queda la gente empacada al vacío al cerrarse las puertas, me producía claustrofobia. Mujeres y hombres a la par, empujando y embutiéndose dentro de los cajones para asegurarse que no quedara ningún espacio libre que no pudiera ser ocupado por un cuerpo humano más. Pasaban los minutos y mi amigo y yo seguíamos sin abordar el metro, cada que llegaba uno nuevo y veíamos la situación decidíamos esperar el siguiente, y así se nos pasaron muchos minutos esperando y esperando, observando el fenómeno social que tiene vida en el subsuelo chilango. Un chico de unos 25 años, abría los ojos como platos al observar lo que debía pasar para trasladarse de aquel sitio, intentaba en cada parada sumergirse valientemente en el tumulto, pero se arrepentía y continuaba esperando con nosotros ese vagón en el que se pudiera respirar. Un vagón llegó, después de varios que habíamos pasado esperando, tuvimos la oportunidad pero nos echamos para atrás, un grupito de niñas, disfrazadas y arregladas, tomaban impulso para empujar a los pasajeros como sardinas enlatadas, lograban meter sus frágiles cuerpecitos en el vagón y al cerrarse la puerta daban el último empujón para no quedar fuera. Entonces el metro se iba con diferentes cuerpos estampados en las puertas y en las ventanas, en las posiciones más extrañas que convertían nuestra velada en un sin fin de carcajadas. Descubrí que la gente tiene mañas para acomodar el cuerpo mientras se cierran las puertas. Un señor de barriga prominente, se acomodó en el filito de la puerta. Las apuestas entre mi amigo y yo comenzaron a correr, cuando veíamos las puntas de sus zapatos y la mitad de la barriga fuera de los límites del cerrado. Las puertas comenzaron a cerrarse lentamente, el señor deslizó sus tobillos hacia la derecha, haciendo un 'pa de vule' invertido, lanzó la cadera unos cuantos grados hacia la izquierda y la puerta cerró a la perfección. El señor parecía una caricatura, con la barriga estampada en la ventana de las puertas y el cachete embarrado en la espalda de un vecino. Lo mejor fue cuando la vida nos premió con dos gringos que parecían tener las mismas intenciones de nosotros: ir a ver los altares de muertos del centro de nuestra atiborrada ciudad. Definitivamente las culturas se contraponen, esa organización que los gringos viven es lo que les hace disfrutar de una loca manera el caos de la Ciudad de México. Sin embargo esta pareja de gringuillos despistados, no se atrevía a dar paso adentro de varios vagones que se iban dejándolos atrás. Miraban a su alrededor con el pánico de un roedor en una carretera. Miraban a la gente aplastándose salvajemente para entrar en los vagones, hasta que tomaron la valentía de la que carecimos mi amigo y yo, y se dejaron llevar por la ola humana que sale y entra en el metro a las 7 y media de la noche. Su amarillas cabecitas se veían envueltas en la multitud, resguardaban sus 'backpacks' como si trajeran el tesoro del dorado y se fueron rumbo al centro. La tarde avanzaba y no podíamos todavía abordar ningún vagón. Los EMOS comenzaron a llegar, esta nueva raza de jóvenes que verdaderamente carecen de identidad, de personalidad y cualquier cosa que se acerque a la estética. Niñas y niños con sus largos copetes y peinados de recién levantados... entonces me pregunté: ¿Para qué se peina uno de manera tal que parezca recién levantado?, ¿no es más fácil salir tal cual te levantaste?, y me sentí anciana criticando a la juventud, bajo las calles mexicanas e intentando fallidamente tomar un metro que me llevara a tomar aunque fuera una foto de los altares de muerto. Decidimos abortar la misión, quedarnos en el parque de nuestra colonia disfrutando de los altares del pueblo, porque debo decirles señores que nuestra querida colonia Roma, es un pueblo. Disfrutamos de una peregrinación, en la que los vecinos se disfrazan, salen a las calles seguidos de camionetas de la delegación con alegorías festivas y música de banda. Un teatro itinerante se montó en la plaza, ponche, pan de muerto y mucha flor de cempasúchil le dieron vida al día que dedicamos los mexicanos a conmemorar los muertos que desde arriba nos miran cómodamente.