La meditación del árbol

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Este es un regalo que tengo para ti, querido lector, una meditación que te va a dar mejor calidad de vida si la practicas seguido. No importa si la haces durante una hora o durante cinco minutos, no importa si la haces por un minuto. Te darás cuenta que poco a poco desearás pasar más tiempo en meditación.

Siéntate en flor de loto en un lugar en el que te sientas tan cómodo como seguro. Recuerda tener tu espalda recta de tal forma que tu respiración sea orgánica y no forzada. Si la posición de loto es incómoda para ti, acuéstate en el piso o en tu cama, sin almohada, con la cabeza recta, los hombros separados de la nuca, las manos a los lados mirando hacia arriba. Relájate. Cierra los ojos.

Respira profundo y exhala todo el aire de tus pulmones. Siente cómo el oxígeno te limpia, te regenera las células cada que pasa a través de ti. Primero observa tu respiración, ¿es agitada?, ¿es acelerada?, ¿o tiene un ritmo tranquilo? No te juzgues, sólo observa. Después de un minuto, contrólala. Busca que sea profunda y del mismo largo la inhalación que la exhalación.

Céntrate en tu respiración. Si llegan pensamientos no te enganches; si te enganchas, detente cuando te des cuenta que te has enganchado. Vuelve a tu respiración, siente lo que es estar dentro de tu cuerpo. Siente la energía fluyendo, siente tu ser, trata de conectarte con tu más profundo ser.

Imagina que caminas por un bosque, un bosque lleno de árboles. Mira a tu alrededor, mira los diferentes verdes, huele el aroma de los árboles que allí se yerguen. En un punto del camino te encontrarás con un tronco por el cual puedes pasar. Pasa a través de ese tronco, en cuclillas, de rodillas, como sea que debas hacerlo.

Una vez que pasas al otro lado encontrarás un jardín paradisiaco. Camina, míralo, siéntelo, huélelo. Entonces te encontrarás con un gran árbol. Un hermoso, gigante y viejo árbol que está allí sólo para ti. Para darte la bienvenida, para escucharte, para sentirte.

Te acercas, lo miras con respeto, con amor. El árbol genera una luz especial, una luz blanca que lo hace cálido a la distancia. Te acercas más y más hasta que te encuentras con sus raíces expuestas, esas raíces que exhalan sabiduría.

Déjate ir. Abandónate al sentimiento de estar frente a ese gran ser con años y años y años de edad. Él ha visto generaciones pasar. Él ha acogido a muchos seres humanos que han buscado su luz. Ahora está para ti, para llenarte de esa luz, para que sea tuyo y tú de él, por un momento.

Párate frente a él, con respeto, con admiración, con amor y agradecimiento. Pon tu mano derecha en su tronco y conócelo, ¿qué sientes?, ¿qué te transmite? Ahora acércate más y abrázalo como si fuera un amigo que has extrañado mucho, que no has visto por largo tiempo y que te emociona hasta el tuétano volver a verlo.

Agradece, abrazado a él, agradece que estás vivo, que puedes respirar y sentir la respiración del universo a través de él. Agradece por tu salud, agradece por la abundancia de tu vida, la abundancia de recursos, la abundancia de amor, la abundancia de salud. La única forma de generar esa abundancia es agradeciéndola primero, entonces, sólo entonces, el universo sabrá qué debe de proveer.

Quédate un momento allí, con tu árbol, con tu amigo. Cuando te sientas listo sepárate de él. Míralo por última vez y da la media vuelta. Recorre tus pasos de regreso a casa, a tu postura, hasta nuevamente centrarte en tu respiración.

Respira con gratitud. Respira con amor. Abre los ojos y mantén esa sensación todo el día. No permitas que nada ni nadie te perturbe. Cada que lo necesites cierra los ojos y conéctate con tu árbol, aquel buen amigo fuente de toda armonía.

Namaste.

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