La Pluma

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Una pluma de ganso levantó su vuelo al cielo. El aire la elevó hasta perder su lucidez contra la cara del sol. El cielo se tornaba despejado ahuyentando unas nubes que se aborregaban en su lecho. Soplaba el aire cada vez más fuerte, más cálido y húmedo, la pluma era empujada por sus tibios brazos hacia arriba, hacia abajo, hasta quedar posada en una flor que con su rocío la atrapó.

Una pequeña de rizos dorados y cabellos trenzados la observó sutilmente, sus grandes ojos se cruzaban y su mano se alargó hasta liberarla de aquella gota de agua que la mantenía prisionera.

Ahora volaba bajo, el peso del rocío no le permitía levantar su vuelo libremente. Flotaba pesada sobre aquel mismo aire que momentos antes la mantenía liviana y cercana al sol.

La niña siguió la pluma en su trayecto, atravesaron campos verdes con girasoles, trigales, patizales... La pequeña se convertía en jovencita, sus pechos comenzaron a crecer, sus muslos se encarnecieron, sus ojos perdieron esa inocencia con la que alguna vez miró aquella pluma volar.

Ahora era una muchachita con cabello suelto y labios de color carmín. Su obstinado olfato la mantenía inmersa en recorrer los caminos necesarios hasta encontrar el destino final de esa pluma que hacía tantos años comenzó a seguir.

Varias veces intentó tomarla en sus manos, pero la pluma se le escapaba entre las yemas de sus dedos, sólo dejándola sentir ese cosquilleo que la mantenía viva, que la había hecho dedicar su vida a perseguir el sueño más estúpido que la humanidad hubiera podido contar.

Las estaciones cambiaban, su cabello crecía y comenzaba a arrastrarse por el suelo, sus ojos se volvían cada vez más abstraídos de su volátil realidad, sólo miraba la pluma fijamente y los hacía navegar en una órbita constante que la maquillaba con locura.

Por cada pueblo que pasaba dejaba una historia distante. La Loca de cabellos dorados, la llamaron por ahí. Cada lugar le inventaba una historia, cada quien la seguía de lejos con la mirada, tal como ella seguía aquella pluma en la que desde muy pequeña fijó su atención.

El invierno cayó y la joven dejó la tersura de su piel en la primavera pasada, ya era una mujer con los pechos caídos, con las manos agrietadas y el corazón seco por perseguir una ilusión que jamás podría poseer.

Los copos de nieve la hacían confundirse y de pronto se encontraba hostigando un espejismo, pero siempre encontraba de nuevo el motivo de su existir, flotando por ahí como si estuviera esperándola para poder continuar con su camino.

La mujer olvidaba rápidamente sus confundidos deslices y dejaba caer una siniestra sonrisa al encontrar sus ojos con la pluma de ganso.

Las aldeas cercanas comunicaban la presencia de la loca en el pueblo, ya se corrían las apuestas sobre qué pueblo sería el siguiente. Los oriundos esperaban ansiosos la llegada de la dama como si fuera una aparición. Decían que si ella llegaba a cruzar la mirada con algún ser vivo, instantáneamente se convertía en arena, en una arena espesa y estéril en la que hormigas cizañeras construirían su nido.

Ella nunca supo qué sucedía, por qué, mientras seguía hipnotizada a la pluma, multitudes se aglutinaban silenciosas y temerosas a unos cuantos pasos de su camino.

Nunca los miró, sólo sentía su presencia, escuchaba los murmullos, olía el sudor amargo de sus pieles que iba y venía con el vaivén del viento. Continuaba sus pasos sin que nada la distrajera, sin que ese olor, ni esa presencia la aislara de su destino.

Durante toda su vida, desde aquel día en que la pluma se hizo pesada por el rocío de la flor, observó sin tregua su desplazamiento. Sus ojos reflejaban un destello de luz brillante, sus pupilas se mantenían dilatadas, focalizadas en lo que para ella era una diosa, la blanca y tersa pluma de un ganso.

Su piel se arrugaba con el paso del tiempo, sus párpados caían sobre las escasas pestañas y su cabello parecía un velo de novia dorado que resplandecía con el sol y dejaba ver visos alucinantes con la luna.

Sus pasos eran cada vez más lentos, su vejez se dejaba ver en cada grieta que marcaba su piel, la pluma envejeció con ella, grisácea y débil en su vuelo, tan grisácea como la mujer misma.

Un concierto de lluvia mojó con sus primeras chispas el rostro de la mujer. Las gotas golpeaban sus ojos, su cuerpo, su cabellera que se volvía cada vez más pesada, sus párpados ya no cerraban y abrían como cuando era una niña; dicen por ahí que nadie, jamás, la vio parpadear, que su presencia era como un esperpento de la noche y una visión borrosa en el día.

Aquella niña de cabellos trenzados había enloquecido de amor por la belleza de una insignificante pluma que la guió hasta la demencia. Recorrió cada uno de sus pasos hasta llegar ese día en el que el cielo lloró de tristeza por esa mujer que dedicó su vida a perseguir el amor, a intentar tomarlo entre sus manos y guardarlo cerca de su corazón.

La lluvia caía como flechazos celestes, cada gota más grande que la anterior hasta dejar bajo sus plantas un suelo frío y mohoso.

La pluma esquivaba las gotas furiosas, una que otra la golpeaba fuertemente pero el viento desplegaba sus violentas garras y la tomaba en su corriente sin dejarla desfallecer. La mujer no ponía atención a la ventisca, ni a los rayos, ni a la lluvia, luchaba en contra de la furiosa naturaleza sin perder de vista la ajetreada pluma que apelmazada continuaba su eterno camino.

Las nubes no cedieron por días, una sombra permanente se dibujaba en las arrugas cada vez más profusas de su opaca piel; mujer y pluma vagaban lentamente por un sendero desconocido, con espinas que cortaban los pies de la anciana dejando una huella de sangre sobre aquella tierra incógnita.

Un gran árbol de raíces expuestas se divisaba a lo lejos, sus ramas parecían trazadas por el horror de una noche solitaria, su sombra se desplegaba en el piso, fría, inerte; los pies de la mujer alcanzaron los primeros matices de la sombra del majestuoso árbol, un látigo de electricidad recorrió la espalda de la anciana, sus pupilas se cerraron.

Por un momento pareció despertar. Miró a su alrededor y se encontró en ese bosque de muerte y espinas, en las tinieblas de una conciencia sacrificada por un capricho, observó sus manos arrugadas y sucias, pasó las yemas de los dedos por su cara decaída por el paso de los años, sintió el peso de su cabellera enredada en la maleza; entonces recordó la pluma.

Sus ojos se enardecieron, su cabeza se movía frenéticamente de un lado a otro buscando encontrarse nuevamente en el olvido su realidad, esa realidad amarga que taladraba sus pensamientos. Deseaba encontrar la pluma, mirarla fijamente y esperar a que se dilatasen sus pupilas, pero no encontraba nada más que pensamientos oscuros y turbios, gritos insolentes que la traían de vuelta a la cordura que descansaba en alguna parte de su pensamiento.

Nunca se supo nada más de ella, sólo se encontró el cuerpo sin vida de una niña luminosa reposando en un roble anciano, su mano empuñaba una pluma blanca y tersa, suave como su misma piel ahora apacible como un mar en profundo descanso.