Pasión

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Hace poco enfrenté a mi propia oscuridad. El año comenzó con la partida de mi abuela de regreso a casa, a la fuente. Eso significa que por más feliz que ella esté en este momento en otra dimensión, yo ya no puedo abrazarla ni escucharla ni olerla. Fue un duro golpe que creo que aún no termino de asimilar.

Poco después, la vida se llevó a mi tío. Ese tío al que me le hice pipí sobre la panza cuando tenía meses de nacida. Ese tío que me adoptó casi como su nieta. Al que cada diciembre visitaba y con el que no pasaba un mes sin que nos comunicáramos.

Él fue un abuelo para mí y, de repente, se fue.

Sin darme cuenta comencé a descender en la espiral de la tristeza.

Para acabarla de coronar, el novio de una gran amiga murió de repente.

No sé si era porque la muerte me tenía aporreada o porque pensar en que alguien de tu edad muera de la nada a manos del cáncer es demasiado sacudidor, pero con esa partida y con el dolor de mi amiga clavado en mi corazón, toqué fondo.

Me encontré completamente desmotivada, aburrida, triste. Empecé a quejarme de todo, no me di cuenta, lo juro, pero llegó un punto en el que hasta pensé dejar este espacio. Pensé en renunciar a mi columna porque no tenía nada que compartir.

Un día le escribí a mi jefa de redacción y pedí una semana porque “no quiero deprimir a mis lectores, no tengo nada alegre que contar”, fueron mis palabras exactas.

Pedí ayuda a mi gran sabio, mi padre. Así fue como resurgí. Unas cuantas horas intensivas por skype con el hombre que me recuerda quién soy y de qué soy capaz, y tomé la decisión, sí, “tomé la decisión” de volver a ser feliz.

Ese mismo día me di cuenta de que no estaba viviendo con pasión, que estaba sentada esperando a que la vida sucediera, que me estaba conformando en muchos aspectos. Comprendí que era hora de aplicar en mi vida lo que en ocasiones les expresaba en mis columnas, cuando me desviaba de mis tacones para reflexionar sobre la vida.

Ahora entiendo que el plan es perfecto, que esas tres pérdidas, en diferentes escalas, que viví, eran necesarias para zarandearme, para sacudirme y hacerme despertar.

No sólo la columna adquirió este nuevo llamado, un llamado que entendí una vez me discipliné con mi práctica de meditación, sino que mi vida, mi camino, mi misión tomó otra cara.

Desde ese día vivo con una pasión infinita, más que antes, mucho más que cuando mi abuela y mi tío vivían, y aunque me consideraba una apasionada de vivir, ahora entiendo que la pasión está acompañada de la acción.

Gracias a que desperté de mi letargo, todas las noches me siento ansiosa porque viene un nuevo día para conectar con mi gente, con mis lectores, con mis seguidores y ayudarles a sanar, ayudarles a ver sus propias herramientas para ser felices.

Mi intención a diario es ayudarles a despertar, mi compromiso cada día es llegar a más personas que se impregnen de lo que me ha tocado como experiencia y lo transmuten a su vida para que hagan de ésta una experiencia memorable.

Mi primer paso hacia la felicidad es vivir con Pasión.

Continuará…

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